Toda celebración tiene un primer espectador y ese es siempre el que la soñó.
Existe un momento que atesoro por encima de todos en cada celebración.
Antes de que se abran las puertas y lleguen los invitados, la recorro junto a mis clientes.
En silencio.
Los observo cuando la descubren por primera vez y reconocen su propia esencia en un lugar que jamás habían visto y por un instante, el tiempo se detiene.
Ese instante me recuerda por qué elegí hacer esto que amo tanto.
Mi trabajo nunca ha consistido en organizar celebraciones.
Consiste en escuchar con tanta atención que una idea termine convirtiéndose en un espacio donde alguien pueda reconocerse.
Busco revelar una visión que ya existía.
Necesito comprender cómo piensan las personas, qué las emociona, qué las inspira y qué historia están intentando contar, incluso cuando todavía no encuentran las palabras para hacerlo.
Solo entonces aparece una idea imposible de reemplazar.
Porque las personas no son intercambiables y sus historias tampoco.
Por eso cada decisión importa, como una palabra dentro de un mismo lenguaje, donde todo está pensado para ser descubierto.
Creo en los eventos que despiertan curiosidad, que invitan a detenerse y siempre revelan algo nuevo.
Porque las celebraciones terminan, pero las historias permanecen.
Y cuando, muchos años después, mis clientes vuelven a ver una fotografía y sienten lo que sintieron en aquel momento de su vida, la celebración ha trascendido el día en que ocurrió y pasó a formar parte de su historia.
Tal vez ésa sea la única explicación que tengo para la forma en que trabajo.
Siempre lo he entendido como la búsqueda de una idea que no admita sustitutos.
Solo para esas personas.
Solo en ese momento.